Justo ahora que he publicado las fotos sobre los elementos de medición de ruedas de equipo rodante ferroviario, Omar, me ha enviado un link de su blog, donde en Diciembre de 2009, ya había publicado algo al respecto. Como siempre, es un relato con mucha madera, con recuerdos vivos de su querido padre y con la pasión que lleva en la piel por los trenes.
Buscando entre las cosas que dejó mi padre tras su fallecimiento, en enero del año 2009, hallé un instrumento metálico y junto a él una hoja de papel, con la típica caligrafía de mi papá, con una descripción de las partes de aquella pieza metálica. Desconozco el nombre técnico, pero deduzco que se trata de una especie de plantilla para verificar el estado del perfil de las ruedas de los trenes. Tendré que averiguar con viejos ferroviarios cómo se llama."

El "Ferrocarril del Carbón": El ferrocaril de Concepción a Curanilahue partía desde la estación Chepe, a 500 metros al Norte de la estación de Concepción, ésta perteneciente a la Empresa de Ferrocarriles del Estado, y cruzaba el río Bío Bio por un puente metálico de 1.864,6 metros. La longitud de ese ferrocarril era de 99 kilómetros, con una trocha de 1,676 metros, siendo sus principales estaciones y distancias desde Chepe las siguientes:
Chepe ..................... 0 kms.
Bío-Bío.................... 3 kms.
Lomas Coloradas .......... 11 kms.
Escuadrón ................ 20 kms.
Coronel .................. 28 kms.
Lota ..................... 37 kms.
Laraquete ................ 48 kms.
Carampangue .............. 59 kms.
Peumo .................... 69 kms.
Colico ................... 79 kms.
Curanilahue .............. 99 kms.


La concesión para construír y explotar el ferrocarril desde Concepción hasta Curanilahue, pasando por Coronel, Lota, Laraquete y Carampangue, fue otorgada a don Gustavo Lenz por Ley de 23 de octubre de 1884. El señor Lenz transfirió sus derechos a la compañía inglesa "The Arauco Company Limited", la que en definitiva fue la que construyó el ferrocarril. La construcción comenzó en el año 1886. Por Decreto de 24 de diciembre de 1888 se autorizó la entrega al tráfico la segunda sección del ferrocarril, entre San Pedro y Coronel,y por Decreto de septiembre de 1889 las de las secciones tercera y quinta, comprendidas entre Coronel y Lota y entre Laraquete y Carampangue. Finalmente por Decretos de 13 de febrero y 2 de abril de 1890 fueron entregadas al tráfico público la primera entre San Pedro y Concepción y las secciones cuarta y sexta, comprendidas entre Lota y Laraquete y entre Carampangue y Curanilahue. Adicionalmente se agregó un ramal de 7,5 kilómetros, desde Carampangue hasta Arauco, el que fue autorizado al tráfico por Decreto de 28 de abril de 1891."The Arauco Company Limited" transfirió el ferrocarril a la "Compañía de Lota y Coronel" el 31 de octubre del año 1920, y ésta a la "Compañía Carbonífera e Industrial de Lota" el 31 de octubre de 1921.Hacia principios de los años 1940 el ferrocarril tenía 23 locomotoras-ténder para remolcar trenes de carga y 6 pesadas con ténder independiente para los trenes de pasajeros y mixtos. El servicio de carga, mayoritariamente destinado al transporte del carbón mineral, contaba con 758 carros con una capacidad total de 8.625 toneladas.



"En un antiguo post de "Vida de Trenes", se relata la historia acontecida en el año 1955 a mi padre Ramón Orlando Acuña Aguilera, entonces un joven ferroviario de 28 años de edad, que trabajaba en Lebu, quien al conocer el fallecimiento de su padre acaecido en la ciudad de Temuco, realizó un viaje que fue una verdadera Odisea (estando en huelga los empleados de la Empresa de Ferrocarriles del Estado), debiendo utilizar el "tren de la Carbonífera", desde Curanilahue hasta Concepción, como uno de los varios medios de transporte, para poder llegar hacia su destino.
En la actualidad el tramo ferroviario desde Carampangue hacia Concepción es utilizado para el transporte de productos forestales de la zona, habiendo culminado la producción industrial del carbón mineral desde los distintos yacimientos de la zona, desde mediados de los años 1990."
Nuevamente ha llegado a Vida de Trenes una valiosa e histórica colaboración del Sr. OMAR ACUÑA HERNÁNDEZ, hijo de Ferroviario, quien ahora nos sorprende con estas exclusivas fotografías que después de tantos años, recién salen a la luz. Los dejo con su relato...

"Estoy muy feliz del descubrimiento de estas imágenes fotográficas, nunca las había visto y jamás estuvieron en algún álbum de mis padres. No todas las imágenes que encargué revelar pudieron salir, ya que el proceso fotográfico actual es mediante una máquina más moderna, que rechazó algunos negativos."





Una nueva colaboración de OMAR ACUÑA HERNÁNDEZ, En la primera fotografía aparece Omar, en la segunda, Iván, su hermano.
Locomotora a vapor de trocha angosta, "Henschel" N° 5057, del antiguo e histórico Ferrocarril de Ancud a Castro, en la Isla de Chiloé. La locomotora se encuentra ubicada en la ciudad de Castro.
Hace unos pocos días, específicamente el 14 de Junio de 2008, Vida de Trenes recibió unos alentadores comentarios de uno de los tantos visitantes del Blog. Este visitante resultó ser un hijo de un Ferroviario jubilado, que quiere recopilar información acerca de la época en que su padre prestó servicios a la Empresa de Ferrocarriles del Estado y en lo posible, alguna fotografía de su progenitor de aquellos años.
La historia me pareció digna de publicarla acá, pues la encontré muy emotiva y llena de amor por su Padre y por los trenes.
Les presento entonces, al Sr. Omar Acuña Hernández, a quien le reproduzco textual sus palabras:
MI NOMBRE ES OMAR ACUÑA HERNÁNDEZ, El Ferrocarril está impregnado en mi sangre, aunque no haya seguido la carrera Ferroviaria, pero mi Abuelo, mi Padre y su Hermano mayor pertenecieron a la Empresa. Tengo recuerdos, algunos vagos, de haber acompañado en mi ya lejana infancia a mi viejo en su pega. Una vez, a bordo de una pequeña Locomotora diesel en el ramal Los Sauces - Purén (vivimos en Purén desde el año 1964 a 1969). Tengo en mi memoria el sonido del pito de la Locomotora a vapor cuando mi viejo venía llegando de noche desde Osorno o Puerto Montt y cruzaba el puente Cautín en Temuco. Le oíamos (cuando el viento sur lo permitía) desde nuestro hogar en la Población Dreves de Temuco, y así sabíamos que nuestro Padre había llegado bien (me emociona mucho el recordar esas cosas). Unos años más tarde, cuando ascendió a Inspector Tracción, recuerdo haber viajado con él en un coche "casita" (como le decíamos) desde Osorno hacia La Unión y también a Los Muermos.
Mi padre se llama RAMÓN ORLANDO ACUÑA AGUILERA.
Nacido Osorno en el año 1927. Comenzó como aseador de locomotoras alrededor del año 1952, y se desempeñó toda su carrera en la sección “Tracción y Maestranza”. En el año 1953 era ayudante de maquinista en (¿Lebu, Cañete?). Hacia fines de los años 1960 residió en la localidad de Purén, Provincia de Malleco, prestando servicio en el ramal Los Sauces-Lebu. En los años sucesivos trabajó como Maquinista en la zona comprendida entre Talca y Puerto Montt, con una temporada (años 1970) en el ramal Victoria-Púa-Lonquimay. En 1972 hizo el curso de locomotoras eléctricas, efectuado en la Estación San Rosendo. Ascendió a Inspector Tracción en el año 1976 ó 1977 (Osorno), culminando su carrera, en el año 1981, como Jefe de la Casa de Máquinas de Osorno.
Mi Abuelo: JOSÉ DE LA CRUZ ACUÑA NAVARRETE. No lo conocí en persona, ya que él falleció en el año 1955. Nació en el año 1891 en la ciudad de Victoria. Carné de identidad de la época: N° 17.936 ó N° 44.034. Debió haber comenzado a trabajar alrededor del año 1911, como Telegrafista, posiblemente en Temuco. Hacia 1920 vivía en la Estación Sagllue, al sur de Osorno. En el año 1949 aún era empleado de la Empresa, en Temuco, y en el año 1953 ya estaba jubilado. Fue administrativo, ya que poseo un cuaderno de él con algunas notas sobre despacho de carga (maderas y cereales) y datos de bodegas.
Mi Abuelo José de la Cruz Acuña Navarrete, con chaquetón del uniforme de Telegrafista de Ferrocarriles (poseían grados, como se ve sobre el hombro derecho)

Interior del cuaderno de mi Abuelo José Acuña.


La fotografía está fechada en la ciudad de Cañete en el año 1953. En ella aparece el Maquinista don Celso Fernández, y el Ayudante es mi Padre, Ramón Acuña Aguilera.

En esta foto, (Maquinistas en un Curso de Locomotoras Eléctricas), fechada en San Rosendo en el mes de Noviembre del año 1972, aparecen:
1.- Osvaldo Villagra, de Temuco.
2.- Rafael Aedo, de Temuco.
3.- Instructor don Humberto Bustamante, de Temuco.
4.- Juan Carrillo, de Temuco.
5.- Sr. Cordones, de Valdivia.
6.- Instructor don Efraín Navarro, de Temuco.
7.- Don Rómulo Carrillo, de Temuco.
8.- Y en cuclillas, mi Padre Ramón Acuña Aguilera, de Temuco.

Carné de identificación que poseía mi viejo cuando jubiló el año 1981 en Osorno. Allá fue Inspector de Tracción y culminó su carrera como Jefe de la Casa de Máquinas en esa ciudad

Nota del Editor: Además de su Padre y Abuelo Ferroviario, Omar también tenía un Tío que de igual forma fue funcionario de la Empresa de Ferrocarriles del Estado de Chile, su nombre era : HERNÁN ALFONSO ACUÑA AGUILERA.
Nacido en Osorno en el año 1922. Debió haber jubilado hacia el año 1978-1979. Se desempeñó en la sección “Transporte y Movilización”, en la zona sur del país. Lamentablemente no conoce más antecedentes de él.
Hemos visto esta historia desde la perspectiva de uno de los hijos de Don RAMÓN ACUÑA AGUILERA. OMAR nos ha dejado claro quiénes fueron su Padre, Abuelo y Tío en la Empresa de Ferrocarriles y ahora le toca el turno a su hermano, IVÁN ACUÑA HERNÁNDEZ, quien nos presenta un nostálgico relato de su edad de adolescente, cuando tuvo la suerte de acompañar a su Padre en una de sus salidas al trabajo.

UNA MADRUGADA DE PRIMAVERA. (Iván Acuña Hernández).
Una madrugada de primavera, día de semana, creo que tenía que ir a clases pero…no fui…
Me despertó mi Papá Ramón muy temprano, y preguntó: ¿quieres ir conmigo a Puerto Montt?. Entre despierto y dormido le dije que bueno, a lo cual él exclamó, “¡Ya!, Apúrate”.
Yo tenía como 14 ó 15 años.
Nos fuimos a la estación de Osorno. Mi viejo era en ese entonces Inspector de Tracción de Ferrocarriles del Estado de Chile, por lo que tenía que ver con los accidentes del ferrocarril de la Zona Sur. El “pescante” estaba esperándonos en el patio de la Casa de Máquinas y de ahí partimos hacia la Estación de Osorno donde paramos breves minutos para después iniciar el viaje de 2 horas y media aproximadamente a Puerto Montt.
Al llegar nos encaminamos a las cercanías de la Estación de dicha ciudad, para que mi viejo viera lo ocurrido. Estaban varios trabajadores en el lugar esperando, también había otros “cascos blancos”. Mientras mi Papá observaba y tomaba medidas con una cinta de medir y apuntaba en un informe, el “pescante” se situó para levantar el carro que se encontraba tumbado al lado de la línea. El “boggie” se había desprendido y los durmientes estaban rotos (desmenuzados). Mi viejo le hizo una seña a uno de los personajes de casco y éste le hizo señas a la vez al Operador del “pescante”. Todos esperaban la orden de mi Papá para levantar al “accidentado”.
Le pregunté, ¿por qué pasó esto Papi?, a lo cual me respondió en forma un tanto seca, “los durmientes están todos podridos”.
Hoy, al tener ya casi 42 años, entiendo del por qué de la quiebra de Ferrocarriles del Estado. La historia del comienzo de esta ruina del sistema, se remonta a muchos años antes de este pequeño suceso.
Vimos la operación desde cerca. El “pescante” levantó como una pluma el coche y lo situó arriba del boggie, que ya estaba en posición. Los “viejos” lo situaron con cuidado encima y hacían señas de dirección con los dedos al Operador. Todo terminó muy rápido; creo que nos demoramos cuatro veces más en llegar al lugar que lo que demoró la maniobra. Fuimos a una oficina de la Estación a dejar una copia del informe y nos retiramos a la Casa de Máquinas, pero primero almorzamos una cazuela de ave en el “Hogar Ferroviario”. Estaba muy reconstituyente y sabrosa. Estos Ferroviarios saben de sufrimiento pero también saben de lo bueno.
Casi no reposamos. El almuerzo me quedó a medio camino cuando nos levantamos y nos dirigimos a la Casa de Máquinas. Allí pasamos a una oficina donde mi Papá preguntó al encargado: "¿Hay alguna máquina para recepcionar?", a lo que le respondieron: “una diesel 6000”. Pidió un papel, que no recuerdo como se llamaba, pero tenía varias copias de distintos colores y mi viejo puso calcos entre ellas.
Creo que el documento se llamaba algo así como “Autorización de Movilización”. Salimos ahí hacia donde estaba estacionada… Nos acompañó rápidamente un “Palanquero”, el cual dispuso la tornamesa para salir. Nos subimos a esta mole que, para mí en ese entonces aún, era gigantesca y fría. Me dijo “enciéndela tú”, a lo cual sonreí nervioso y dije “¿cómo?”. No le tenía miedo, siempre me gustaron las máquinas. Había una hilera de unos 15 interruptores, como los automáticos de la casa, de color negro; los subí todos. Había también un selector grande que decía: “paro”, “marcha”, “vacío”. Me indicó, “ponlo en vacío”, “ahora aprieta el botón verde de marcha, hasta que parta”. Ese ha sido uno de los momentos que, quizás, no olvide jamás. Sentir la puesta en marcha de un tremendo motor diesel de unos 3000 hp, y la vibración que genera, no es nada comparado con encender un auto, qué decir del ruido infernal. “Suéltalo”, me dijo, “Ya partió”. Se sentó al mando, por supuesto, y esperamos un par de minutos para que cargara aire para los frenos. “Sujétate bien”, me dijo, tras lo cual procedí a afirmarme de una asa del lado del acompañante. Salimos muy suave y, una vez sobre la tornamesa, nos giraron en dirección al Norte. Salimos del patio a baja velocidad, pero una vez tomada la línea principal, mi Papá aceleró con todo. Pasó todos los cambios rápidamente, porque una locomotora de esa potencia sin carga acelera fácilmente, pero el viaje fue casi traumático porque se zamarreaba con tal fuerza que pensé por un minuto que podíamos descarrilar. El ruido metálico dentro de la cabina era ensordecedor.
Dentro del compartimiento había unas tapas metálicas que cubren algunos sistemas de la Locomotora. Éstas, con el zangoloteo, se abrían y cerraban dando portazos y, como son de acero, hay que imaginar el ruido. Parecía fin de mundo.
Íbamos muy rápido, creo que a unos 100 por hora. Le pregunté a gritos “¿A cuánto vamos?...”. Respondió, indicando un reloj análogo, “a noventa no más, pero da ciento veinte”. No creo que soportara eso. En seguida disminuyó la marcha, aplicando frenos de aire. ¡Horrible! Las orejas me zumbaron del ruido del escape que estaba, parece, dentro de la cabina. Anduvimos unos 7 kilómetros. Puso la marcha reversa y aplicó todas las velocidades, pero ¡¡hacia atrás!!, ¡¡Peor!!.... Daba más miedo, porque ir de espaldas no es muy natural que digamos. Entramos al patio, donde dejó estacionada la Locomotora, y tuve el pequeño honor de apagarla. Puse el selector grande en paro y presioné el botón rojo hasta que se detuvo, y bajé los automáticos.
Fuimos a dejar los papeles con el visto bueno que le dio, guardándose una copia rosada y nos fuimos a pie hasta el “pescante” y descansamos. Él se sentó a escribir algo. Más tarde emprendimos el retorno, viajando en el “furgón” o “la casita”, como le llamábamos con mis hermanos. Llegamos a nuestra casa de noche.

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