Hemos visto esta historia desde la perspectiva de uno de los hijos de Don RAMÓN ACUÑA AGUILERA. OMAR nos ha dejado claro quiénes fueron su Padre, Abuelo y Tío en la Empresa de Ferrocarriles y ahora le toca el turno a su hermano, IVÁN ACUÑA HERNÁNDEZ, quien nos presenta un nostálgico relato de su edad de adolescente, cuando tuvo la suerte de acompañar a su Padre en una de sus salidas al trabajo.



UNA MADRUGADA DE PRIMAVERA. (Iván Acuña Hernández).

Una madrugada de primavera, día de semana, creo que tenía que ir a clases pero…no fui…
Me despertó mi Papá Ramón muy temprano, y preguntó: ¿quieres ir conmigo a Puerto Montt?. Entre despierto y dormido le dije que bueno, a lo cual él exclamó, “¡Ya!, Apúrate”.
Yo tenía como 14 ó 15 años.
Nos fuimos a la estación de Osorno. Mi viejo era en ese entonces Inspector de Tracción de Ferrocarriles del Estado de Chile, por lo que tenía que ver con los accidentes del ferrocarril de la Zona Sur. El “pescante” estaba esperándonos en el patio de la Casa de Máquinas y de ahí partimos hacia la Estación de Osorno donde paramos breves minutos para después iniciar el viaje de 2 horas y media aproximadamente a Puerto Montt.


 


Al llegar nos encaminamos a las cercanías de la Estación de dicha ciudad, para que mi viejo viera lo ocurrido. Estaban varios trabajadores en el lugar esperando, también había otros “cascos blancos”. Mientras mi Papá observaba y tomaba medidas con una cinta de medir y apuntaba en un informe, el “pescante” se situó para levantar el carro que se encontraba tumbado al lado de la línea. El “boggie” se había desprendido y los durmientes estaban rotos (desmenuzados). Mi viejo le hizo una seña a uno de los personajes de casco y éste le hizo señas a la vez al Operador del “pescante”. Todos esperaban la orden de mi Papá para levantar al “accidentado”.

Le pregunté, ¿por qué pasó esto Papi?, a lo cual me respondió en forma un tanto seca, “los durmientes están todos podridos”.

Hoy, al tener ya casi 42 años, entiendo del por qué de la quiebra de Ferrocarriles del Estado. La historia del comienzo de esta ruina del sistema, se remonta a muchos años antes de este pequeño suceso.

Vimos la operación desde cerca. El “pescante” levantó como una pluma el coche y lo situó arriba del boggie, que ya estaba en posición. Los “viejos” lo situaron con cuidado encima y hacían señas de dirección con los dedos al Operador. Todo terminó muy rápido; creo que nos demoramos cuatro veces más en llegar al lugar que lo que demoró la maniobra. Fuimos a una oficina de la Estación a dejar una copia del informe y nos retiramos a la Casa de Máquinas, pero primero almorzamos una cazuela de ave en el “Hogar Ferroviario”. Estaba muy reconstituyente y sabrosa. Estos Ferroviarios saben de sufrimiento pero también saben de lo bueno.



 

Casi no reposamos. El almuerzo me quedó a medio camino cuando nos levantamos y nos dirigimos a la Casa de Máquinas. Allí pasamos a una oficina donde mi Papá preguntó al encargado: "¿Hay alguna máquina para recepcionar?", a lo que le respondieron: “una diesel 6000”. Pidió un papel, que no recuerdo como se llamaba, pero tenía varias copias de distintos colores y mi viejo puso calcos entre ellas.

Creo que el documento se llamaba algo así como “Autorización de Movilización”. Salimos ahí hacia donde estaba estacionada… Nos acompañó rápidamente un “Palanquero”, el cual dispuso la tornamesa para salir. Nos subimos a esta mole que, para mí en ese entonces aún, era gigantesca y fría. Me dijo “enciéndela tú”, a lo cual sonreí nervioso y dije “¿cómo?”. No le tenía miedo, siempre me gustaron las máquinas. Había una hilera de unos 15 interruptores, como los automáticos de la casa, de color negro; los subí todos. Había también un selector grande que decía: “paro”, “marcha”, “vacío”. Me indicó, “ponlo en vacío”, “ahora aprieta el botón verde de marcha, hasta que parta”. Ese ha sido uno de los momentos que, quizás, no olvide jamás. Sentir la puesta en marcha de un tremendo motor diesel de unos 3000 hp, y la vibración que genera, no es nada comparado con encender un auto, qué decir del ruido infernal. “Suéltalo”, me dijo, “Ya partió”. Se sentó al mando, por supuesto, y esperamos un par de minutos para que cargara aire para los frenos. “Sujétate bien”, me dijo, tras lo cual procedí a afirmarme de una asa del lado del acompañante. Salimos muy suave y, una vez sobre la tornamesa, nos giraron en dirección al Norte. Salimos del patio a baja velocidad, pero una vez tomada la línea principal, mi Papá aceleró con todo. Pasó todos los cambios rápidamente, porque una locomotora de esa potencia sin carga acelera fácilmente, pero el viaje fue casi traumático porque se zamarreaba con tal fuerza que pensé por un minuto que podíamos descarrilar. El ruido metálico dentro de la cabina era ensordecedor.

Dentro del compartimiento había unas tapas metálicas que cubren algunos sistemas de la Locomotora. Éstas, con el zangoloteo, se abrían y cerraban dando portazos y, como son de acero, hay que imaginar el ruido. Parecía fin de mundo.
Íbamos muy rápido, creo que a unos 100 por hora. Le pregunté a gritos “¿A cuánto vamos?...”. Respondió, indicando un reloj análogo, “a noventa no más, pero da ciento veinte”. No creo que soportara eso. En seguida disminuyó la marcha, aplicando frenos de aire. ¡Horrible! Las orejas me zumbaron del ruido del escape que estaba, parece, dentro de la cabina. Anduvimos unos 7 kilómetros. Puso la marcha reversa y aplicó todas las velocidades, pero ¡¡hacia atrás!!, ¡¡Peor!!.... Daba más miedo, porque ir de espaldas no es muy natural que digamos. Entramos al patio, donde dejó estacionada la Locomotora, y tuve el pequeño honor de apagarla. Puse el selector grande en paro y presioné el botón rojo hasta que se detuvo, y bajé los automáticos.

Fuimos a dejar los papeles con el visto bueno que le dio, guardándose una copia rosada y nos fuimos a pie hasta el “pescante” y descansamos. Él se sentó a escribir algo. Más tarde emprendimos el retorno, viajando en el “furgón” o “la casita”, como le llamábamos con mis hermanos. Llegamos a nuestra casa de noche.


 
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2 comentarios:

Omar Acuña Hernández dijo...

Gracias, Italo.! Ha quedado muy linda la presentación. Ojalá más personas de la familia ferroviaria compartieran experiencias que nos hagan sentir nuestros corazones latiendo muy fuerte con este tipo de historias y anécdotas.

Jorge Vergara dijo...

Lindo y emotivo relato...


Saludos

Jorge

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